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El acto de perdonar a los demás


Considerando que hemos sido transformamos en personas que perdonaremos, así como hemos sido perdonados, es importante que dediquemos un tiempo a pensar en cuál es la mejor manera de hacerlo. ¿Qué le decimos a la persona que se disculpa, admite habernos ofendido o herido y nos pide perdón?


Es importante comenzar reconociendo que, en nuestra sociedad, las personas no siempre piden perdón explícitamente. Entonces, en vez de esperar que usen nuestro lenguaje (como pedir perdón o confesar sus pecados), necesitamos escucharlo implícito en sus palabras de disculpa. Cuando alguien nos dice “lo siento”, especialmente cuando es consciente de haber dañado de alguna manera su relación con nosotros, está expresando remordimiento y buscando una solución para esa situación. Por lo tanto, deberíamos escuchar su disculpa como un pedido implícito de perdón y de querer tener la oportunidad de volver a intentarlo.


También debemos tener en cuenta que muchas veces usamos “lo siento”, “perdón” o alguna otra frase similar, sin realmente intentar restaurar una relación. A menudo decimos estas palabras en ciertos momentos de la vida diaria, como cuando doblamos una esquina y nos chocamos con alguien porque no lo vimos venir, y decimos “¡Uy! Lo siento”. O cuando el profesor lee los nombres de sus alumnos el primer día de clase y, sin darse cuenta, pronuncia mal el nombre de uno de ellos. “Lo siento, ¿cómo se dice?”. O cuando estamos charlando con un amigo a quien no hemos visto en mucho tiempo y le preguntamos cómo está su mamá, a quien recordamos con cariño, solo para descubrir que falleció recientemente. Sintiendo que quizás hemos echado sal en una herida abierta, nos disculpamos efusivamente con un “cuánto lo siento” o “perdón”. Todas estas expresiones las ofrecemos por los errores simples e involuntarios que cometemos. Usamos estas frases para abordar situaciones que, en su mayoría, son intrascendentes.


Esos momentos no son confesiones de pecado, sino más bien ejemplos de cómo nuestra vida se entrelaza con las de los demás de maneras tan básicas e impredecibles que a veces causan inconvenientes o errores.

Aun así, tanto para las disculpas más importantes como para las que parecen más triviales, cuando alguien dice “lo siento”, lo más indicado es decir “te perdono”. Sin embargo, es más común que digamos “está bien, no te preocupes”, o algo similar. Y aunque sea en forma involuntaria, estas respuestas pueden socavar la disculpa recién expresada. Por más que la intención no es ignorar el mal cometido, estas respuestas suenan más como una forma de cuestionar a la persona que se disculpa, como si no hubiera hecho nada por lo que necesite disculparse. En realidad, estas respuestas se han convertido en una forma diluida de lidiar con la incomodidad de una disculpa, especialmente cuando conceptos como “pecado” y “perdón” han perdido su lugar en nuestro vocabulario moral.


A pesar de todo esto, cuando alguien se disculpa debemos ofrecer perdón


Una razón es que al ofrecer perdón estamos reconociendo el mal cometido, validando así la disculpa de la persona. Pero otra razón es simplemente porque las disculpas se ofrecen como una forma sutil de pedir perdón, de pedir otra oportunidad en la relación. Así como señaló Lutero, Dios ha puesto Sus palabras de perdón en nuestra boca, por lo que estamos llamados a perdonar a quienes han pecado contra nosotros, así como Dios nos perdona por pecar contra Él. Seamos entonces como Jesús al compartir este extravagante regalo. Practiquemos decir “te perdono” cada vez más, hasta que se convierta en una parte esencial de nuestro vocabulario moral cristiano.


Podemos comenzar practicando en la iglesia. La iglesia cristiana nos conecta con quienes practican lo mismo. Semanalmente leemos, escuchamos y cantamos juntos la buena noticia de lo que Dios ha hecho por nosotros en Jesucristo. Confesar juntos nuestros pecados es una parte central de cada reunión semanal del pueblo de Dios. Recibir el perdón de la boca de un pastor es como recibirlo de Dios mismo; de hecho, Dios envía pastores para darnos esa buena noticia. Unirnos a otros cristianos para confesar nuestros pecados y recibir perdón es un excelente punto de partida cuando deseamos convertirnos en personas capaces de perdonar a otros, así como hemos sido perdonados.


Si nunca has formado parte de una iglesia, imagínala como una reunión de personas pecadoras como tú, donde nadie es mejor que nadie. Ante los ojos de Dios no hay jerarquía. Todos vamos como mendigos con la misma necesidad. Somos un problema para nosotros mismos y para los demás, y sin la ayuda de Dios no podemos hacer nada al respecto. Cada vez que nos reunimos, confesamos nuestros pecados y recibimos perdón, estamos admitiendo quiénes somos y qué necesitamos. Esta práctica nos ayuda a vernos y conocernos a nosotros mismos correctamente, y lo mismo sucede con quienes nos rodean, especialmente con nuestros hermanos cristianos. También bendice a quienes no conocen a Jesús, pues todos necesitamos la gracia de Dios. Y esta es una tercera razón por la que debemos perdonar a los demás: para que, a través de nosotros, puedan conocer el amor de Dios por ellos.*




Autor: Chad Lakies, MDiv, PhD | Publicado originalmente por Cristo Para Todas Las Naciones © 2025 - El texto bíblico ha sido tomado de la Santa Biblia, Nueva Traducción Viviente, © Tyndale House Foundation, 2010. Usado con permiso de Tyndale House Publishers, Inc., 351 Executive Dr., Carol Stream, IL 60188, Estados Unidos de América. Todos los derechos reservados.


Chad Lakies


El Rev. Dr. Chad Lakies es vicepresidente de Ministry Engagement de Lutheran Hour Ministries. Es autor de How the Light Shines Through: Resilient Witness in Dark Times (CPH, 2024), una guía para ayudar a la iglesia a dar un testimonio atrayente en medio de los desafíos de la cultura contemporánea.





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