El anhelo por perdón en medio de la discordia
- Cristo para Todas Las Naciones
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Perdonar es una palabra compleja, especialmente cuando se trata de dar el perdón. El mundo está lleno de circunstancias dolorosas entre las personas, y donde ofrecer perdón sería lo último que uno querría hacer. Si a eso le sumamos nuestra pecaminosidad, no es de extrañar que podamos pasar por alto las ofensas de los demás. Pero aquí es donde Dios interviene. Así como Él ha perdonado a Sus enemigos (¡a nosotros!), también debemos perdonar a los nuestros.
A mediados de los años 90, en lo que hoy se recuerda como la Guerra de Bosnia (1992-1995), el mundo fue testigo de una guerra de limpieza étnica y genocidio entre bosnios, serbios y croatas. Si bien no fue una guerra de religión en su sentido estricto, los diversos bandos representaban a musulmanes (bosnios), cristianos ortodoxos (serbios) y católicos (croatas). De más está decir que toda guerra es terrible y atroz, llena de muerte y violencia infligidas por seres humanos contra otros seres humanos. La guerra es la humanidad en su peor forma.
Una maestra musulmana, que sobrevivió a la guerra, relató varias cosas atroces que le sucedieron. Quizás lo más duro de su historia es el sentimiento de venganza que le produjeron sus experiencias. Como maestra, se había dedicado a fomentar el amor entre sus alumnos “enseñándoles a amar” a través de la literatura. Sin embargo, durante la guerra fue víctima tanto de sus antiguos alumnos como de sus compañeros, quienes le gritaban insultos mientras la golpeaban y le hacían otras cosas peores. Tan fuerte fue ese sentimiento de venganza, que a su hijo le puso un nombre que representaba su desprecio hacia quienes habían perpetrado crímenes contra ella, amamantándolo así con leche llena de odio.
El periodista que capturó su historia se pregunta cuán generalizadas son las consecuencias, no solo de lo que le sucedió a esa mujer en particular, sino de todos aquellos cuya memoria está llena de formas similares de victimización. “¡Cuántas madres en Bosnia han jurado enseñar a sus hijos el odio y la venganza! ¡Cuántos pequeños musulmanes, serbios y croatas crecerán escuchando tales historias y aprendiendo tales lecciones!”
En el corazón y la mente de esa maestra podemos ver con cuánta facilidad la victimización manipula nuestro carácter, haciéndonos pensar que ciertos actos son imperdonables y que, quienes los cometieron, son irredimibles. Debido a esto, es fácil pensar en ellos como menos que humanos, justificando así la violencia contra ellos.
En nuestra sociedad actual tan fracturada y polarizada, no es necesario buscar situaciones tan duras para encontrar personas con actitudes similares a la de la maestra de nuestra historia. Hoy en día, el simple hecho de albergar diferencias de opinión, gustos, o preferencias basta para que se acuse a alguien de dañar a otros. Y no es raro que tales diferencias generen actitudes de disgusto que hacen considerar a los demás como despreciables, y sus acciones inexcusables.
¿Qué podemos decir de nuestra propia actitud? ¿Cómo respondemos a este momento cultural? No necesitamos buscar razones para ignorar todo intento de reconciliación. Vivimos en una época en la que es común romper relaciones por causa de un desacuerdo que, por lo general, tiene que ver con algo que consideramos sagrado. Nuestra postura con respecto a ciertos temas sociales, políticos, religiosos o éticos es, a menudo, causa de división. A veces, esas diferencias nos parecen suficientes para catalogar de “imperdonables” a quienes opinan o creen diferente de nosotros. Entonces los exiliamos de nuestras vidas cortando la relación, o nos exiliamos nosotros.
¿No anhelamos la gracia que va en contra de la crueldad, la discordia y el quebrantamiento que nos rodea?
En otras ocasiones, sin embargo, elegir no relacionarnos con otra persona puede deberse a razones completamente triviales. El fanatismo deportivo puede ser tan polémico como la política y la religión (de las cuales desde hace tiempo se nos aconseja no hablar en una reunión social, debido al profundo desacuerdo que tales discusiones pueden causar).
En resumen, no es difícil identificarnos con la maestra de nuestra historia: tras haber sido heridos por desacuerdos o relaciones rotas, descubrimos que o somos los causantes de la ruptura, o las víctimas de esta.
Es en momentos como esos en que, al igual que tantas otras personas (todas víctimas del odio que existe en el corazón humano), comenzamos a considerar la posibilidad del perdón. ¿Es posible restaurar las relaciones lastimadas y reparar lo dañado? ¿Es posible sanar y aliviar el dolor de las penas del pasado? ¿No anhelamos la gracia que va en contra de la crueldad, la discordia y el quebrantamiento que nos rodea? ¿No nos frustra y agota todo esto? ¿No anhelamos la gracia que puede sanar, restaurar, renovar y darnos la esperanza de un futuro en el cual las víctimas no se conviertan en perpetradores de odio, como la maestra de nuestra historia?
Pero para ser capaces de perdonar por gracia a los demás, y de responder correctamente al dolor y la desesperación del mundo que nos rodea, primero debemos recibir, experimentar y conocer profundamente el perdón de Dios. Luego, debemos unirnos a una comunidad que perdona, una iglesia cuyas enseñanzas y prácticas nos formen con la capacidad de perdonar. Esta unión, de la experiencia personal y la vida en una comunidad de fe que perdona, puede moldearnos y empoderarnos para perdonar así como hemos sido perdonados.
Próximo capítulo de la serie: Cuando anhelamos el perdón
Autor: Chad Lakies, MDiv, PhD | Publicado originalmente por Cristo Para Todas Las Naciones © 2025 - El texto bíblico ha sido tomado de la Santa Biblia, Nueva Traducción Viviente, © Tyndale House Foundation, 2010. Usado con permiso de Tyndale House Publishers, Inc., 351 Executive Dr., Carol Stream, IL 60188, Estados Unidos de América. Todos los derechos reservados.

Chad Lakies
El Rev. Dr. Chad Lakies es vicepresidente de Ministry Engagement de Lutheran Hour Ministries. Es autor de How the Light Shines Through: Resilient Witness in Dark Times (CPH, 2024), una guía para ayudar a la iglesia a dar un testimonio atrayente en medio de los desafíos de la cultura contemporánea.
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