Cuando anhelamos el perdón
- Cristo para Todas Las Naciones
- hace 39 minutos
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Si alguna vez has experimentado el rechazo, sabes cuánto duele. No ser aceptado nuestro proyecto en el trabajo, no ser invitado a la fiesta a la que todos van, ser expulsado de un equipo: todo esto es doloroso. Pero el peor rechazo con el que cualquiera de nosotros tiene que lidiar, proviene de nosotros mismos. Cuando somos rechazados, queremos otra oportunidad. Y desear otra oportunidad es quizás la mejor respuesta a la pregunta: “¿Qué espero del perdón?”. Lo que esperamos es otra oportunidad: otra oportunidad para empezar de nuevo, para hacer las cosas de forma diferente, para dejar atrás el dolor del pasado y seguir adelante con el presente, renovados y empoderados para ser y hacer mejor las cosas. Entonces, cuando anhelamos ser perdonados, anhelamos la oportunidad de empezar de nuevo.
Aun así, podemos dudar que el perdón sea posible. Tal vez nos cueste decir que anhelamos la posibilidad de ser perdonados, pero no creemos que podamos serlo. Quizás esto se deba a que nuestra experiencia del perdón no ha sido para nada como ese anhelo de empezar de nuevo. Más bien, el perdón, así como la idea del pecado, se ha reducido a algo más acorde con los gustos de la era moderna, por lo que carece de las características restauradoras y renovadoras que conlleva la oportunidad de empezar de nuevo.
En un sentido, el perdón a menudo es considerado como algo extraño, anticuado y débil. En otro sentido, se suele fomentar el perdón como un mecanismo de superación emocional para quienes han sido agraviados. Se les dice a las personas que perdonen para sanarse a sí mismas y superar su trauma y dolor, en lugar de para sanar la relación lastimada.
Pensar en el perdón de esta manera es malinterpretarlo, es reducirlo a algo que no es. Es cierto que el perdón puede ayudar a la sanación personal, y que también es una forma de rendición: estar dispuestos a no albergar animosidad ni hacernos las víctimas. Pero lejos de ser débil, el perdón requiere fortaleza y disciplina. Sin embargo, esta fortaleza y disciplina no son virtudes que llevamos dentro, sino regalos de la gracia que Dios nos da. Virtudes que se forman en nosotros cuando participamos en la comunidad del pueblo de Dios y somos fortalecidos por la gracia de ese mismo Dios a quien buscamos.
El perdón es personal: necesitamos conocer el perdón de Dios no solo en forma intelectual, sino también estar convencidos de él en el corazón, mente y alma. Entonces, para ser capaces de perdonar a otros, respondiendo con gracia al dolor y la desesperación que caracterizan al mundo que nos rodea, primero debemos experimentar nosotros el perdón de Dios, y luego integrarnos a una comunidad de fe que nos moldee en personas capaces de perdonar, así como hemos sido perdonados.
¿Por qué necesito del perdón?
En lo más profundo de nuestro ser, enfrentamos un gran desafío. Desear o anhelar el perdón es solo el comienzo. Pero el problema es que no siempre lo deseamos, porque no siempre nos damos cuenta de que estamos equivocados, de que somos pecadores, de que necesitamos ser perdonados. En lo profundo de nuestra naturaleza humana, existe una tendencia que a menudo nos impide reconocer estas verdades.
El pecado, entonces, describe nuestra naturaleza humana quebrantada. Somos pecadores. Esto significa que pensamos, actuamos y descuidamos nuestra conducta de maneras que dañan a otros y violan los buenos propósitos de nuestro Creador para nosotros.
Al concluir una historia en la que la escritora Elizabeth Oldfield se describe a sí misma como irrazonablemente enojada con su esposo, razón por la cual descargó sus frustraciones en su hijo, ella procede a definir el pecado como “la propensión humana a j****r las cosas” (quizás no sea el lenguaje más elegante, pero la agudeza es lo importante). ¿Quién no se identifica con el ejemplo cotidiano de Oldfield? ¿Cuántas veces nos hemos encontrado en situaciones terriblemente difíciles, causadas por nosotros mismos?
La Biblia habla de esto. El profeta Jeremías nos dice con insistencia: “El corazón humano es lo más engañoso que hay, y extremadamente perverso. ¿Quién realmente sabe qué tan malo es?” (Jeremías 17:9).
El pecado, entonces, describe nuestra naturaleza humana. Somos pecadores. Y eso significa que pensamos y actuamos de maneras que dañan a otros y violan los buenos propósitos de nuestro Creador para nosotros.
Próximo artículo de la serie: El camino al perdón
Autor: Chad Lakies, MDiv, PhD | Publicado originalmente por Cristo Para Todas Las Naciones © 2025 - El texto bíblico ha sido tomado de la Santa Biblia, Nueva Traducción Viviente, © Tyndale House Foundation, 2010. Usado con permiso de Tyndale House Publishers, Inc., 351 Executive Dr., Carol Stream, IL 60188, Estados Unidos de América. Todos los derechos reservados.

Chad Lakies
El Rev. Dr. Chad Lakies es vicepresidente de Ministry Engagement de Lutheran Hour Ministries. Es autor de How the Light Shines Through: Resilient Witness in Dark Times (CPH, 2024), una guía para ayudar a la iglesia a dar un testimonio atrayente en medio de los desafíos de la cultura contemporánea.
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