Viviendo con los Milagros y los No Milagros

Creer en el milagro del perdón y salvación en Cristo es el paso esencial para aprender a vivir con los milagros y sin ellos.
Cuando usted tiene el más grande de los milagros anidado en su corazón, usted puede soportar los momentos en que Dios en Su sabiduría no permite ningún milagro. Sí, habrán momentos en que los milagros que esperamos se den nunca pasan. Recuerde, nosotros vemos esto en el caso del Apóstol Pablo. Aquí hay unos detalles más sobre su vida. La conversión de Pablo a la fe en Cristo incluyó milagros y no-milagros. Antes que él fuera creyente en Cristo, Pablo era un fanático oponente del Cristianismo.
Un día viajó a Damasco para arrestar a los creyentes que estaban ahí. En el camino, fue confrontado por una luz cegadora y Cristo le habló. ¡En ese momento hubo un milagro! Pero después de que Pablo se convirtió, algunos enemigos tramaron matarlo, esperándolo en las puertas de salida de la ciudad, así que Pablo tenía que dejar Damasco. Los discípulos lo pusieron en un gran canasto y lo bajaron de noche por la muralla que rodeaba la ciudad. Esta fue una forma no-milagrosa de escapar (Hechos 9: 1-25.
¿Habría usted escuchado sobre la liberación de la prisión en Filipos?. Un terremoto sacudió la prisión, las puertas se abrieron, y las cadenas de los prisioneros se rompieron. Pero este evento fue precedido por un suceso no milagroso en el cual Pablo y Silas fueron azotados con varas, por órdenes de las autoridades del lugar (Hechos 16: 20-26. Ningún milagro los salvó de eso. Pablo dio un resumen de sus experiencias en 2 Corintios 11. Para un hombre que podía hacer milagros, todos estos sucesos parecían una lista de oportunidades perdidas...
“He trabajado más arduamente, he sido encarcelado más veces, he recibido los azotes más severos, he estado en peligro de muerte repetidas veces. Cinco veces recibí de los judíos los treinta y nueve azotes. Tres veces me golpearon con varas, una vez me apedrearon, tres veces naufragué, y pasé un día y una noche como náufrago en alta mar. Mi vida ha sido un continuo ir y venir de un sitio a otro; en peligros de ríos, peligros de bandidos, peligros de parte de mis compatriotas, peligros a manos de los gentiles, peligros en la ciudad, peligros en el campo, peligros en el mar y peligros de parte de falsos hermanos. He pasado muchos trabajos y fatigas, y muchas veces me he quedado sin dormir; he sufrido hambre y sed, y muchas veces me he quedado en ayunas; he sufrido frío y desnudez. Y como si fuera poco, cada día pesa sobre mí la preocupación por todas las iglesias”. (2 Corintios 11:23-28.
Una mezcla de milagros y no milagros caracterizaron el ministerio del Apóstol Pablo
Él predicó sobre Jesús y acompañó sus sermones con señales y maravillas. Aunque las señales y las maravillas le sirvieron a Pablo como credenciales y lo certificaban como apóstol, ellas tenían la misma prioridad en el ministerio de Pablo como en el ministerio de Jesús. Ellas estaban subordinadas a la predicación del Evangelio.
La ambición primaria de Pablo no era ser el más grande de los hacedores de milagros sino en ser un fiel proclamador de las Buenas Nuevas de Jesús. Él podía vivir muy bien con milagros, pero nunca vivió “de” los milagros. Eso era algo muy bueno para su vida y su ministerio, pues fue una mezcla de la presencia de ellos y la ausencia de ellos también. Pablo, en ese respecto, era miembro del mismo club como usted y yo.
Hemos dicho que los milagros de sanación eran una liberación física, el cumplimiento de una profecía, y un dinámico perdón. Finalmente, también eran un anticipo del cielo. De una manera, cada curación restauró a alguien, en parte por lo menos, a la condición en que Dios tenía en mente para los cuerpos humanos durante la creación del mundo. Regresar al paraíso, sin embargo, fue temporal para aquellos que fueron curados pues no fueron removidos de un mundo pecador.
A la vez, los milagros de sanación fueron una vista previa de aquella restauración completa que habla Revelaciones 21:1-4 “Después vi un cielo nuevo y una tierra nueva, porque el primer cielo y la primera tierra habían dejado de existir, lo mismo que el mar. Vi además la ciudad santa, la nueva Jerusalén, que bajaba del cielo, procedente de Dios, preparada como una novia hermosamente vestida para su prometido. Oí una potente voz que provenía del trono y decía: "¡Aquí, entre los seres humanos, está la morada de Dios! Él acampará en medio de ellos, y ellos serán su pueblo; Dios mismo estará con ellos y será su Dios. Él les enjugará toda lágrima de los ojos. Ya no habrá muerte, ni llanto, ni lamento ni dolor, porque las primeras cosas han dejado de existir."
Cualquier sanación que venga en esta vida es un anticipo del cielo
La sanación que no viene ahora, vendrá eventualmente para el pueblo de Dios al final del mundo y hará del cielo lo más grande. Los milagros de curas o sanaciones sí son posibles, y que Dios sea alabado por ello cuando ocurren. Cuando ayuda física viene a nosotros directa o indirectamente, ya sea en la desaparición de un tumor o en la liberación de un simple resfriado o de un dolor de cabeza, la sanación debe ser un recordatorio del pecado y de la salvación a través de Jesús.
Pero si el milagro no se da ahora, si usted continúa sufriendo dolor, si la enfermedad empeora y alguna desventaja lo limita, no significa que Dios lo ha abandonado. La liberación del pecado aún está por venir. Y con ella viene una paz en la mente que le permitirá continuar creyendo en el amor de Dios. Junto a esta paz, Dios también le da paciencia para enfrentar la carga física que El no ha eliminado. Paz mental y una fuerte paciencia son milagros de Dios para atestiguar sobre Su presencia tan poderosa como cualquier milagro de curación. Hay una bendición de Dios para cada uno de nosotros, viviendo con o sin los milagros.*
Próximo artículo de la serie: Una palabra acerca de la Fe
Autor: Rodney A. Kvamme | Extraìdo del folleto Cuando oramos por un Milagro | © 1980 por The International LLL. Edición revisada © 1998. por The International LLL.
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