De acuerdo a Su promesa

Mira mi aflicción, y ven a salvarme, pues no me he olvidado de tu ley. ¡Defiéndeme, y ponme a salvo! ¡Dame vida con tu palabra! Salmo 119:153-154

"Mira mi aflicción", rezamos con el salmista, y la mayoría de nosotros podríamos fácilmente incluir una larga lista que incluye enfermedades, penas, preocupaciones financieras, pérdida de empleo y problemas con nuestros seres queridos. Una lista que está cambiando constantemente. Luchamos y buscamos respuestas. Le suplicamos a Dios en oración que nos libere. Nos sentimos agobiados, así como el salmista, bajo el peso de las aflicciones del pecado y la muerte, de las cuales somos incapaces de salvarnos a nosotros mismos. Entonces, en oración suplicamos: "¡Defiéndeme, y ponme a salvo!" Y Dios nuestro Salvador, que escucha y responde incluso antes de que lo invoquemos, ya ha respondido nuestra oración. Él nos ha liberado y salvado y nos defiende sin cesar. Cristo Jesús, nuestro Señor, se convirtió en uno de nosotros para librarnos del pecado y la muerte: "Así como los hijos eran de carne y hueso, también él era de carne y hueso, para que por medio de la muerte destruyera al que tenía el dominio sobre la muerte, es decir, al diablo, y de esa manera librara a todos los que, por temor a la muerte, toda su vida habían estado sometidos a esclavitud" (Hebreos 2:14-15). Jesús fue injustamente condenado a morir en la cruz. Nadie protestó diciendo que era inocente. Nadie dio un paso adelante para defender su causa. Nadie lo liberó. Abandonado a la agonía de la cruz, Jesús cargó con nuestro pecado y culpa, nuestras aflicciones, en su propio cuerpo, y sufrió la pena de muerte para salvarnos. "... por su llaga seremos sanados" (Isaías 53:5b). Nuestra oración fue contestada antes que la dijéramos. Dios vio nuestras aflicciones y nos libró del pecado, la muerte y el diablo. Jesús, crucificado y resucitado de la muerte, es ahora nuestro Abogado ante el Padre (1 Juan 2:1). Oramos: "Dame vida según tu Palabra", y eso también se ha cumplido. Jesús nos dice: "Porque yo vivo, ustedes también vivirán" (Juan 14:19b). Unidos a Cristo en el bautismo, hemos sido enterrados con él y resucitados a una nueva vida. En el último día seremos resucitados de la muerte, nuestros cuerpos serán transformados y glorificados y se nos dará vida eterna, todo de acuerdo con la promesa de nuestro Dios y Salvador. Entonces viviremos en su presencia por toda la eternidad, liberados para siempre de toda aflicción. Dios enjugará cada lágrima de nuestros ojos y "y ya no habrá muerte, ni más llanto, ni lamento ni dolor; porque las primeras cosas habrán dejado de existir" (Apocalipsis 21:4b). Hasta que llegue ese gran día aún sufriremos por problemas terrenales y le suplicaremos a Dios que nos libere de nuestras aflicciones. Y Él escuchará y contestará nuestras oraciones, porque a nuestro lado está nuestro Abogado, quien dijo: "yo estaré con ustedes todos los días, hasta el fin del mundo" (Mateo 28:20b). Esa es su promesa para nosotros. ORACIÓN: Señor Dios y Salvador, escucha y contesta nuestras oraciones y líbranos de todo mal del cuerpo y del alma. Amén. Dra. Carol Geisler

Para reflexionar:

  1. Nuestras oraciones a menudo esperan que Dios haga algo para mejorar nuestra situación. ¿Le ofreces oraciones de agradecimiento, incluso cuando las cosas no son exactamente como te gustaría?

  2. ¿Qué significa para ti que Jesucristo sea tu abogado?


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