Satisfecho

... tú escuchas nuestras oraciones. A ti acude todo el género humano. Nuestras malas acciones nos dominan, pero tú perdonas nuestras rebeliones. ¡Cuán dichoso es aquel a quien tú escoges y lo llevas a vivir en tus atrios! Nosotros quedamos plenamente satisfechos con las bondades de tu casa, con las bendiciones de tu santo templo.

Salmo 65:2-4


"Nuestras malas acciones nos dominan." Sabemos cómo es eso. Quizás nos sintamos tentados a mirar las malas acciones de las personas que nos rodean. Pero si somos honestos, las vemos en nuestra vida. Quizás nos sintamos abrumados por el pecado y la vergüenza, creyendo que nuestra culpa es tan grande que no puede ser perdonada. Quizás tratemos de aliviar la carga del pecado por nosotros mismos en un esfuerzo por eliminar o al menos olvidar su gran peso, tal vez incluso a través de drogas o alcohol. O quizás nos aferramos a esa carga y continuamos viviendo en pecado. Quizás buscamos ayuda en quienes al final resultan ser maestros falsos que prometen, "paz, paz", cuando no hay paz (Jeremías 6:14b). Es que la verdadera paz solo se encuentra cuando nuestros pecados son perdonados, y la ayuda verdadera cuando prevalece el pecado solo la recibimos del Aquel que escucha nuestras oraciones. Cristo, nuestro Señor, expió nuestras transgresiones. Esas dos palabras, transgredir y expiar, describen la trampa del pecado en la que nos encontramos y lo que se hizo para liberarnos. Transgredir significa cruzar una línea. Con sus mandamientos Dios ha dibujado una línea que no debemos cruzar. Sin embargo, ya desde Adán y Eva, que comieron el fruto que Dios les había prohibido, hasta nuestras elecciones diarias, cruzamos esa línea en rebelión contra su voluntad. Hacemos lo que no debemos hacer y no hacemos el bien que Dios manda. De la misma manera en que Adán y Eva huyeron de la presencia de Dios, nuestras transgresiones se multiplican y nos separan de Dios. "Son las iniquidades de ustedes las que han creado una división entre ustedes y su Dios" (Isaías 59:2a). Solo Aquel a quien rezamos puede salvarnos. Jesús vino para expiar nuestros pecados, para reconciliarnos con Dios, para hacernos uno con Él. Nuestro Salvador nunca transgredió, nunca cruzó esa línea marcada por los mandamientos de Dios. El inocente Hijo de Dios tomó la carga de nuestras iniquidades sobre Sí mismo y las llevó a la cruz. Allí sufrió la pena de muerte en nuestro lugar. A través de Jesús, Dios nos reconcilió consigo mismo "haciendo la paz mediante la sangre de su cruz" (Colosenses 1:20b). "¡Cuán dichoso es aquel a quien tú escoges y lo llevas a vivir en tus atrios!". El Espíritu Santo nos ha llamado a través del Evangelio, la Buena Nueva de todo lo que Cristo Jesús ha hecho por nosotros. Dios ha cruzado la línea que nos separaba de sí mismo y nos ha acercado. La culpa del pecado desaparece cuando nos arrepentimos y dejamos nuestros pecados al pie de la cruz. Nuestras iniquidades se han enterrado para siempre en la tumba vacía de esa primera mañana de Pascua, y por ello estamos satisfechos. ORACIÓN: Señor Dios, gracias por escuchar nuestras oraciones y perdonar nuestras transgresiones. En el nombre de Jesús, acepta nuestra agradecida alabanza. Amén. Dra. Carol Geisler

Para reflexionar:

  1. ¿De qué manera te trae paz el saber que Dios te perdona tus pecados?

  2. ¿Tienes algún pecado en particular del cual debes cuidarte?

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