Manejo de las emociones



Las emociones son reacciones básicas de sobrevivencia y adaptación. Imagine un mundo sin emociones, las personas serían incapaces de sentir amor u odio, alegría o tristeza, sorpresa o anticipación, no tendrían conceptos acerca de la moral, la lealtad, el sentido de orgullo al lograr algo, vergüenza o culpa. El arte y la música no serían apreciados porque no habría regocijo en la belleza. En tal mundo, la sociedad pronto desaparecería y la especie humana se extinguiría.


Las emociones son claves para el crecimiento y la madurez del individuo y para el funcionamiento de la sociedad, tanto que nos permite compenetrarnos con los demás. Si usted observa a los recién nacidos, usted puede notar cómo el entusiasmo va creciendo ante una serie de estímulos fuertes que pueden ser distinguidos entre “placentero” o “desagradables”.


¿Pueden Nuestros Humores Afectar a Otros?


Estamos familiarizados con el hecho de que las emociones y humores de aquellos que nos rodean son contagiosos y en efecto puede ser así. Esto puede ser tanto bueno como malo. Los niños absorben el estado emocional de sus padres y pueden utilizarlo para poner a un padre contra el otro. Los pacientes de edad avanzada con Alzheimer absorben las emociones del equipo de personas que les atienden. Si el personal está ansioso, los pacientes tienden también a estar más agitados. El mal humor parece transferirse de uno a otro en nuestras familias y colegas.


Contrariamente, cuando uno está de “buen humor,” los otros pueden presentir éste y responder apropiadamente. Alguien que mantiene la calma en una crisis tiende a fortalecer esa calma en otros.


Debemos tener presente que nuestras reacciones o acciones debido a una emoción puede ser positiva o negativa sobre los demás y sobre uno mismo. Es natural lidiar con enojo, frustración, tristeza, pero reflexionemos en que si estos estados son prolongados, frecuentes y además causan daño a otros, de seguro que a nosotros mismos también. Esto altera nuestra salud, no sólo a nivel emocional sino físico, pues de una forma u otra desencadenan acciones internas que afectan nuestro sistema.



¿Qué hacer con estas emociones?


Para mantener una buena salud mental necesitamos reprogramar nuestra forma de pensar acerca de nosotros mismos y de nuestra salud integral:


Conocer nuestras debilidades y limitaciones. Tratar de mejorar las áreas que podamos, de compensar aquéllas donde un cambio es muy difícil o imposible.


Tratar de convertir las tensiones normales de la vida, como el estrés en una motivación positiva para enfrentarnos a las circunstancias de la vida. Aún cuando cueste admitirlo, la mayoría de las experiencias en la vida nos permiten conocernos mejor y aprender a desarrollar nuestro potencial.


Conocer y analizar lo que nos lleva a sufrir alguna crisis. Por ejemplo, si sabemos que tenemos un problema con la depresión y reconocemos cuáles son las situaciones que más nos afectan, debemos prepararnos mejor para sobrellevarlas.


Tratar de reemplazar los pensamientos negativos por positivos. Este ejercicio mental es muy provechoso, pero requiere un esfuerzo consciente. Recordemos que Todo lo que vale la pena, no se consigue sin sacrificio.


El funcionamiento de nuestro cuerpo depende de lo que introducimos en él. Esto no sólo se refiere a la alimentación, sino también al tipo de nutrición mental. El tipo de pensamientos que tengamos determinará el grado de salud mental. Los pensamientos y emociones negativas bloquean tanto la mente como el cuerpo, los pensamientos positivos y equilibrados crean emociones positivas y buena salud.


Proverbios 15:17 dice:“ Mas vale comer verduras con amor, que carne de res con odio”. Somos criaturas complejas que han sido creadas con una gama de emociones, pero distantes de un mundo perfecto; sin embargo, tenemos esperanza.


Las cosas podrán ir mal, pero cuando eso ocurra recordemos tener presente que Dios no nos abandonará.



Fuente: Extracto del folleto Manejando mis emociones (CPTLN)


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