Dios también tiene cicatrices

Todos sabemos de personas que han sufrido injustamente, pero hay un hombre que fue tratado con más injusticia que ningún otro en la historia. Él era un hombre bueno que no mereció la muerte que tuvo. Su vida la dedicó a servir a los demás, llegando a los enfermos con salud para sus males, a los solitarios con amor y a los culpables con compasión. Adónde iba lo seguían multitudes que buscaban amor, comprensión y poder escuchar sus palabras que aliviaban sus atribuladas vidas.



Podría pensarse que todos debían admirar a un hombre así, pero Él tenía enemigos a quienes no les gustaba la forma en que él les señalaba su hipocresía y falta de interés por los necesitados. Así que decidieron librarse de él, sobornando a uno de sus amigos para que lo entregara a la policía. Luego lo sometieron a juicio por acusaciones de crímenes que nunca había cometido. El injusto proceso judicial llegó a incluir a dos altos funcionarios de gobierno que tenían autoridad para dejarlo libre. Pero uno de ellos sólo se burló de él y el otro se lavó las manos desentendiéndose del asunto y permitiendo que este hombre inocente y bondadoso fuera condenado a una dolorosa crucifixión.


¿Quién es este hombre que fue tratado tan injustamente? Su nombre es Jesucristo. La gente tiende a reaccionar ante su triste situación diciendo: ¡Qué gente tan absurda la que lo odió! ¿Por qué lo mataron? Si yo hubiera estado ahí, me habría opuesto. Yo hubiera actuado mejor que ellos. Pero, ¿es nuestra indignación la respuesta apropiada?


El pintor holandés Rembrandt reaccionó ante la crucifixión en forma totalmente diferente. En 1633 pintó, El levantamiento de la cruz. En esta pintura, se ve junto a los soldados romanos, a un hombre con una boina de pintor, de color azul, levantando a Cristo sobre la cruz. Ese hombre es el mismo Rembrandt; es un auto-retrato. Al pintarse a sí mismo como uno de los verdugos, Rembrandt estaba declarando, para que todos lo vieran, que él también había enviado a Cristo a la cruz. Jesús no sólo soportó el sufrimiento de la traición de un amigo, la injusticia de un tribunal irregular y la agonía de la muerte por crucifixión. Su agonía más grande no podía verse.


La Biblia enseña que durante el sufrimiento de Cristo, Dios puso sobre Él toda nuestra maldad. En la cruz, Jesús sufrió todo el castigo que todos nosotros merecemos por nuestra desobediencia a la voluntad de Dios. Nosotros, no Él, deberíamos haber sido castigados. Nosotros, no Él, deberíamos haber sido crucificados. Nosotros, no Él, deberíamos haber sido condenados al castigo eterno del infierno. Pero Jesús asumió todo eso sobre sí, en lugar nuestro.


¿Por qué lo hizo? ¿Fue obligado a sufrir contra Su voluntad? ¡No! Jesús mismo declaró: Nadie me quita la vida, sino que Yo la doy por mi propia voluntad. (San Juan 10:18) El dio Su vida para que nosotros no tuviéramos que pagar el precio de nuestros pecados; sacrificó Su vida voluntariamente, aun siendo inocente, para librarnos del justo castigo que merecemos.


Mirar a Jesucristo nos obliga a vernos tal como somos y a saber que somos frágiles y que no hay respuestas fáciles en la vida. Necesitamos mirar hacia Dios, a quien defraudamos a diario por no tomarlo en cuenta. Miremos las manos de Jesucristo. ¿Qué es lo que vemos? Podremos reconocer las cicatrices de los clavos, las señales de Su amor y de Su total entrega por nosotros. Pero también resucitó para garantizarnos la vida eterna después de la muerte.


Es en Cristo en quien podemos tener verdadera fortaleza y esperanza; una auténtica renovación de actitud y ánimo ante la vida. Es en Él en quien tenemos la verdadera serenidad para poder sobrellevar las cargas en la vida con paciencia y con un renovado propósito. Dios, nuestro Creador, nos dio la vida para disfrutarla y en Él, aun cuando sufrimos, tenemos paz y consuelo.



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