Confiemos en las Promesas del Señor



Las promesas pueden ser para nosotros motivo de regocijo. Un joven que se aleja por dos años para cumplir el servicio militar, le promete a su novia, "Cuando regrese, nos casaremos". Un jefe le dice a uno de sus empleados, "Veo que has estado trabajando fuerte. El próximo mes te promoveré a un cargo mejor". Estas y muchas otras promesas son causa de celebración. Hacen que el futuro parezca más brillante. Nos dan una razón para vivir.

Pero las promesas también nos decepcionan, por la simple razón de que la gente no siempre las cumple. ¿Quién de nosotros no ha experimentado la amargura de una promesa rota y de firma sin valor? Esto es bastante común, ¿verdad? Y somos nosotros mismos los que a menudo incumplimos la palabra dada y nos excusamos diciendo, "Las promesas se hicieron para ser rotas".

Vivimos en un mundo en el que muchas cosas son inciertas. ¡Cómo ansiamos alguna estabilidad! ¡Cómo deseamos recibir algunas promesas sólidas que verdaderamente merezcan nuestra atención y confianza!

No hemos sido dejados sin promesas y esperanzas. Por el contrario, Dios nos ha hecho muchas invalorables promesas. Los ofrecimientos de Dios no son vagas expresiones de buena voluntad. Son declaraciones muy claras de su amor por usted y por nosotros. Las promesas de Dios no son parloteos espirituales que nos pronostican cierta brumosa felicidad futura. Más bien están basadas en hechos históricos, en los que Dios ha hecho promesas a lo largo de la historia para ganar nuestro amor y nuestra confianza.

Vivimos en un mundo donde Dios ha firmado Su nombre con tinta indeleble sobre la cruz de Su Hijo Jesucristo. Vivimos en un mundo donde Dios está total y claramente comprometido con nosotros. ¿Puede creer eso?

Hay Esperanza

La palabra de los hombres puede ser muy inestable, pero Dios nos promete lo siguiente:

"¡Canta de alegría, ciudad de Jerusalén!

Tu rey viene a tí, justo y victorioso, pero

humilde, montado en un burrito.

El anunciará la paz a las naciones y

gobernará de mar a mar." (Zacarías 9:9-10)

Estas palabras fueron dichas al pueblo judío cuando conformaba una nación débil, rodeada de poderosos enemigos. A ese pueblo, Dios le prometió un rey que les traería paz duradera y universal. Pero hay algo curioso con respecto a este rey. Él no reinará como lo haría un típico conquistador. En lugar de eso, Él hará su aparición en la forma más humilde, montado en un burro.

¿Sabes cuándo se cumplió esta promesa de Dios? Cerca de 500 años después, cuando Dios envió a Su propio Hijo, en el "Domingo de Ramos." Llegó montando en un burrito. Llegó enseñando a la gente cómo ganar la paz con Dios, aceptando humildemente Su misericordia y perdón. El mismo Cristo pavimentó el camino hacia la paz con el Padre, entregando Su vida por los pecados de todos nosotros. Nosotros recibimos esta paz confiando en Cristo.

¿Ha Cumplido Dios?

Hay quienes argumentan, "Mira las guerras y la injusticia en el mundo. La promesa de paz en Cristo no ha sido cumplida. Dios no ha cumplido Su Palabra." Pero piense un momento. Cuando un ejército invasor está siendo desalojado del terreno por fuerzas de liberación, no toda la tierra ocupada es librada al mismo tiempo. En la misma forma, Dios libera a los individuos cuando llegan a confiar en Él. Luego, juntos, se esfuerzan por conquistar el mal en el mundo, no con la fuerza de las armas, sino con las fuerza de Dios.

Conocemos a dos jóvenes que están luchando por la paz y la justicia en el mundo. Uno se siente frustrado por la forma lenta en que avanza. El otro confía en Cristo y aunque a veces también se siente decepcionado por los limitados esfuerzos, no se desanima. Sabe que todos sus sueños de un mundo libre y en paz se realizarán, cuando el Señor regrese.

¿Cómo sabe él que esto va a suceder? Bueno, Dios prometió enviar a Jesús, el "Príncipe de Paz". Y Dios cumplió Su palabra. Lo mismo hará con Su promesa de que Cristo regresará en poder para hacer de la paz una realidad.



Descansa en las promesas

"Yo sólo creo lo que puedo ver”, declaró un joven. Y muchos hacen de esta actitud defensiva hacia la creencia religiosa. Pero, ¿sabía usted que todos creemos muchas cosas que nunca hemos visto o experimentado? De hecho, más del 90 % de lo que sabemos que es verdad sólo lo sabemos por la boca de otras personas.

Cierta vez, un hombre que siempre había vivido en un clima cálido, viajaba a pie en un país del norte. Al caer la noche llegó a un río que estaba cubierto de hielo. No había ningún puente. ¿Se atrevería el viajero a cruzar el río sobre un hielo tan poco seguro? Dudando mucho, comenzó a cruzar arrastrándose sobre manos y rodillas para distribuir su peso sobre la superficie del hielo. Se movía lenta y ansiosamente, esperando que en cualquier momento el hielo se quebrara y fuera arrastrado por la corriente.

Entrando a mitad del camino, escuchó un ruido ensordecedor detrás de él. De la oscuridad surgió un hombre manejando una carreta cargada de carbón. ¡Imagínese! Ahí estaba el viajero sobre manos y rodillas que temblaron por temor a que el hielo no soporte su peso. Y frente a él estaba una carreta, los caballos, conductor y la carga de carbón, todo sostenido por el mismo hielo sobre el que él se arrastraba.

Igual que el viajero. Algunas personas nunca han aprendido a confiar en las promesas de Dios. No hay que temblar ante Sus promesas como si fueran demasiado frágiles para soportarnos. Debemos apoyarnos en ellas, confiando en que Dios es tan bueno como su Palabra. En lugar de dudar de las promesas de Dios, debemos descansar en ellas.


Crédito: Extracto del folleto "Promesas, Promesas".

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